Así debe ser el cielo.
Qué cielo más triste.
Aquí nadie ríe, grita o llora. Nadie habla, sonríe o besa. No suena la música, ni los pájaros, ni tan si quiera el claxon de un coche. No hay niños, ni perros, ni televisores. Nadie hace el amor, discute o escucha una conversación. Nadie dice 'te quiero', 'te odio' o 'vaya equivocación'.
Nadie vive aquí.
Todo es gris. No hay sol ni luna. No hay día ni tampoco noche. Nadie es de sangre azul, ni siquiera roja. Las niñas pequeñas no sueñan con ser princesas, se conforman, dicen, con subsistir. La música de la radio es el repiqueteo de unas gotas de lluvia contra un cristal. Las sonrisas son muecas desencajadas que nunca encontraron su lugar. Las voces mudas y prisioneras en las gargantas se quedaron. Los sueños e ilusiones de aquí se marcharon.
¿A dónde fueron?
Nadie se lo preguntó nunca, pues nadie nunca supo nada.
Subyugados por su propia indiferencia, de su propio mundo fueron echados.
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