Tenía el color del chocolate más puro que jamás probó. Marrón, con suaves y casi imperceptibles brillos de la más profunda oscuridad. Ella pensaba que si se asemejaba al chocolate era por lo mucho que la ayudaba a continuar; abrir la despensa, coger dos onzas y ya se sentía mejor. Era un amargo dulzor el de aquel chocolate, ese amargo dulzor tan característico de cuando recordamos pasados buenos momentos sabiendo que no volverán. No eran esa clase de recuerdos los que Ella guardaba en la caja. No. Ahí no había cabida para la felicidad y los momentos mejores, en ella sólo podía guardarse la más dura oscuridad.
No sabía exactamente cuándo le habían dado aquella caja. Nadie nunca le había explicado qué era o para qué servía; aún así, siempre había sabido cómo utilizarla, cuándo abrirla y dónde debía guardarla. Era consciente de la peligrosidad de la misma, de que un descuido podría acabar con toda ella, por eso siempre la cerraba con una llave especial. A diferencia de las que había visto en las antiguas películas que su abuelo proyectaba o de las que su anciana abuela conservaba en su casona, la llave que Ella poseía era plateada, con un brillo puro y unos ángulos limpios, bien definidos; cualquiera que la hubiese visto habría pensado que le había quitado a San Pedro la llave del mismo cielo. La guardaba a buen recaudo, no de la misma forma que la caja, pues la llave se encontraba en un lugar mucho más seguro, en un lugar poco transitado de su ser, donde la vida y el amor paseaban de la mano, repartiendo rubor a sus mejillas, aire a sus pulmones y color caoba a su larga cabellera. Ese lugar era su corazón.
Ella creía en el amor. La sinceridad y la fuerza que tenía ese sentimiento para ella la había hecho vulnerable a lo largo de su vida, frágil. Todo ello no la despojaba de su coraje y determinación, la fortalecía aún más, porque sabía que si luchaba, y no se daba por vencida, el amor haría acto de presencia en su más bella forma.
Permanecía sentada en su mecedora. Se había pasado ahí los últimos tres días. Su madre lo ignoraba, así como sus hermanos hermanas. Todos conocían su tendencia a la introversión y la respetaban; creían que así la ayudaban a pintar maravillosos cuadros o a soñar idílicos cuentos para sus libros. Pero Ella no creaba, ya no. Había permanecido esos tres días, con sus noches, frente a la caja. Los había pasado llorando, blasfemando, suplicando e, incluso, rezando. Estaba agotada. En su pecho se había instalado una desazón muy profunda, en forma de agujero negro, que no la dejaba respirar con normalidad. Sus labios de india, jugosos y rosados, ahora estaban secos y blancos como la cal; su menuda figura parecía a punto de desvanecerse...La caja estaba acabando con ella, no podía más. Eran demasiados recuerdos los que guardaba ahí dentro; demasiados malos momentos de tristeza y oscuridad, encerrados año tras año sin la luz del sol volver a probar. Si existía un mal personificado para Ella, esa caja, junto con todo lo que contenía, era la forma que había adoptado para, sin hacer ruido, poderla atormentar.
Muchos días de mi vida me he sentido como ella se sentía al tener la caja en sus manos.
ResponderEliminarMe has hecho recordar esos momentos amargos que entán muy dentro de mi.
Preciosa historia.
¿Qué va a hacer al final con la caja? :)
Pues es una sensación realmente dura, lo digo porque la he descrito en la historia tal y como yo misma la he sentido en mis propias carnes. Me alegra haber podido transmitirte algo.
ResponderEliminarMuchas gracias :)
Eso lo sabremos, probablemente, en la próxima parte!
Un beso y muchas gracias por leerme.
La vida puede ser muy fácil o muy difícil, en gran medida dependiendo de nosotros.
ResponderEliminarTodos tenemos "caja", unos la llevamos mejor que otros, a veces es lastre, otras ... no lo sé.
Besitos, guapa.
Me alegra ver que ya sabes "qué" es la caja. Y sí, dependemos de nosotros mismos para vivir, así como para hallar la felicidad.
ResponderEliminarUn beso y gracias por leerme.
La "caja" depende de uno mismo, eso es lo bueno
ResponderEliminarTe sigo
Besos
Lourdes
Así podemos controlarlo, o al menos intentarlo.
ResponderEliminarMuchas gracias por leerme.
Un beso.